Era un frasco de alabastro aquel que contenía el precioso perfume de gran precio. Compuesto de pequeñas piedras egipcias, algo parecido a un mármol traslúcido y de una belleza sin igual; digno de adornar palacios, el frasco era hermoso al igual que su contenido, ese costosísimo perfume apropiado solo para ungir a reyes. Aquella mujer no vaciló cuando, decidida a aprovechar la oportunidad de estar cerca de Jesús en aquella casa en Betania, rompió el frasco de alabastro impregnando al instante toda la habitación de aquel exquisito aroma. Todos fueron testigos al constatar la calidad del fragante perfume hecho de la raíz de una planta de nardo puro cosechada en la India; su valor podría equivaler al salario de un obrero por todo un año. Y acercándose a Jesús, que se encontraba sentado a la mesa, derramó sobre su cabeza, sin escatimar ni una sola gota, la totalidad del perfume. «¿Y qué es este desperdicio?», «Pero, ¿cómo se le ocurre a esta mujer hacer semejante despilfarro?», «¿Cómo puede ser tan egoísta y no pensar en la cantidad de pobres que pudieron ser alimentados con su valor?»…
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