Todo es diferente después de la Resurrección

Hace años, durante la guerra del Golfo Pérsico, una madre recibió la triste noticia de que su hijo había muerto en campaña. Ella lo describió posteriormente: «No puedo explicar el impacto y el dolor que me causó la noticia. Era más de lo que yo podía resistir. Durante tres días lloré sin parar. Durante esos tres días expresé en todas las formas mi rabia y mi enojo. Durante tres días la gente alrededor de mí trató de consolarme, sin ningún éxito, pues mi pérdida era demasiado grande». Tres días después de que recibió aquel mensaje, sonó el teléfono. La voz del otro lado dijo: «Mamá, soy yo. ¡Estoy vivo!». El primer mensaje había sido un error. La madre no daba crédito: «No podía creerlo. Lloré,reí, grite… mi hijo, que creía muerto, en realidad estaba vivo. No creo que nadie pueda entender lo que sentí». Tal vez no, pero quienes vivieron en la época del Nuevo Testamento sí podrían entender cómo se sintió aquella madre, porque ellos experimentaron las mismas emociones. Un día vieron a su mejor amigo, el Maestro, clavado en una cruz. Fueron testigos de su dolor y de su clamor: «Tengo sed», «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?».