¡Sígueme!

Frustrado, cansado y desanimado… así estaba Pedro cuando Jesús llegó a su vida. En medio de la oscuridad de la noche, el mejor tiempo para obtener buenos resultados, pasaba horas de desvelo echando la red una y otra vez, estirando, sacando, cargando y nada, ni un solo pez. Como si en el mar de Galilea no hubiera vida marina; puras algas. «Tanto esfuerzo ha sido en vano», tal vez pensaba Pedro cuando en tierra lavaba las redes. Pero allí, en ese mismo mar, junto con la luz del amanecer llegó Jesús: «Sal a la parte más profunda y echad vuestras redes para pescar» (¿Y qué creerá Jesús que he estado haciendo toda la noche?, quizás pensó Pedro.) ¡Qué instrucción tan ilógica! ¡Si en la noche no había sacado ni un solo pez, con la luz del día, menos! Pero Pedro tuvo una corazonada; tal vez las palabras de aquel Maestro tuvieron un impacto en él y decidió obedecer…