Piedras vivas

Hace algunas semanas, se me ocurrió asar carne. ¡Solo a mí se me ocurre poner el asador en lunes al mediodía, cuando no hay ningún hombre en casa! Como pude y según he visto, empecé poniendo las piedras de carbón juntitas para hacer la fogata y con huequitos para meter los encendedores de fuego. Rocié las piedras con líquido inflamable y prendió de inmediato. ¡Eso es todo! ¡Qué fácil!… Apenas pensaba esto, cuando se apagó. Varias veces más repetí los pasos del encendido echándole aire con un cartón. Sin duda, tiene su chiste. Después de varios minutos de esfuerzo constante (mientras pensaba en la opción de servicio a domicilio de algún restaurante) las piedras se empezaron a mantener encendidas unas a otras y el fuego se mantuvo. ¡Qué hermoso se veía aquello! ¡Toda una hazaña! Cuando contemplaba aquellas piedras rojas avivadas por el fuego, me acordé del pasaje de 1 Pedro: «Y viniendo a Él (Cristo) como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también vosotros…