La grandeza del amor de Dios

Qué privilegio es glorificar a Dios cuyo vasto entendimiento abarca los nombres de las estrellas, y cuya minuciosa atención en amor conoce a cada corazón individualmente, así como cada necesidad. Cuán magnificentemente este texto de Salmos afirma la grandeza del amor de Dios. Este conocimiento se hizo más claro para todos nosotros cuando vino Jesús y reajustó ante la humanidad el concepto de Dios. Repetidamente, Jesús relató parábolas, relatos que exponían un concepto opuesto a la idea confusa que el hombre tenía del Padre. En tres de estas, Jesús trató con la inclinación humana de centrarse más en nuestra culpa que en la gracia de Dios: las historias de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo, todas registradas en Lucas 15. La parábola de la oveja perdida (Lucas 15:1-7) revela que en el corazón de Dios nadie carece de importancia. Dios nunca está tan ocupado con las personas «seguras» (salvas) como para que no le importe una sola persona que esté en peligro. Dios cuenta a sus ovejas. Si tiene un rebaño de cien, y nota que solo noventa y nueve entran en el aprisco al llegar la noche, sale de noche, se dirige al desierto, va en busca de ese solitario cordero y, poniéndolo en sus hombros, vuelve a casa con regocijo. Por muy culpables o solos que nos sintamos, miremos, escuchemos y alabemos a Dios, ¡porque somos preciosas y valiosas ovejas ante sus ojos! La parábola de la moneda perdida (Lucas 15:8- 10) muestra el gozo anticipado de Dios de reunirse con nosotros en una sociedad de trabajo.