La adoración es un fluir de adentro hacia afuera. Se da en el interior, en el espíritu. Andrew Bonar escribió en su diario: «Durante todo el día y en cada servicio, me he sentido fortalecido y sostenido por la presencia del Señor en el Espíritu, más de lo común. Hubo momentos de gran cercanía». La anterior es una descripción de la adoración en espíritu, en la que hay una conciencia abrumadora sobre la cercanía de Dios. Santiago 4:8 dice: «Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros». Estoy seguro de que muchos cristianos han experimentado esto. Podemos tener corazones abrumados que intentan adorar en espíritu. Primero que todo, debemos rendirnos ante el Espíritu Santo. Antes de poder adorar a Dios en nuestro espíritu, el Espíritu Santo tiene que estar ahí para producir adoración verdadera. Si no tienes al Espíritu de Dios que impulsa, motiva, limpia e instruye a tu corazón, no puedes adorar a Dios, porque ni siquiera lo conoces. «Por tanto, os hago saber que nadie hablando por el Espíritu de Dios, dice: Jesús es anatema; y nadie puede decir: Jesús es el Señor, excepto por el Espíritu Santo» (1 Corintios 12:3). En otras palabras, una persona no puede afirmar verdaderamente el señorío…
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