Una puerta llamada la Hermosa. El hombre era todo menos guapo. No podía andar; se arrastraba sobre sus rodillas para desplazarse. Pasaba sus días entre el contingente de mendigos, reales o ficticios, que codiciaban las monedas de los que venían a adorar y entraban por el pórtico de Salomón. Pedro y Juan estaban entre ellos. El hombre necesitado vio a los apóstoles, elevó su voz y suplicó dinero. Ellos no tenían nada para darle, pero aun así se pararon. «Entonces Pedro, junto con Juan, fijando su vista en él, le dijo: ¡Míranos!» (Hechos 3:4). Los dos miraron fijamente al hombre con tal compasión que él estuvo atento, esperando recibir de ellos algo (Hechos 3:5). Pedro y Juan no le miraron con vergüenza, ni se encogieron de hombros irritados, ni le rechazaron cínicamente, sino que su expresión era honesta.
Leave a comment
You must be logged into post a comment.